‘La joie de vivre’: Masterclass con José Luis Guerín
El pasado 29 de abril José Luis Guerín, documentalista y cineasta barcelonés, regresó a la Escuela con motivo de su nuevo largometraje, Historias del buen valle (2025). Este retrato de la vida en el barrio periférico de Vallbona sirvió como punto de partida para un encuentro con el alumnado de Dirección, en el que se abordó su trayectoria fílmica, marcada por una mirada profundamente humanista y atravesada por una sensibilidad poética inconfundible.
Durante casi dos horas, sus palabras siempre cercanas, lúcidas y colmadas de experiencia, orbitaron en torno a las cuestiones esenciales de su cine: el trabajo con intérpretes no profesionales, la construcción de vínculos de confianza y el dilema ético en filmar el antagonismo. Guerín insistió en la necesidad de establecer una relación horizontal con las personas filmadas: “Contrariamente a lo que muchos directores creen, su tiempo vale lo mismo que el nuestro”, afirmaba, defendiendo una ética del respeto que recorre toda su obra.

Ante la pregunta de una alumna sobre cómo lograba capturar instantes de vida y conversaciones de una autenticidad tan sobrecogedora, el director explicó que su método se fundamenta en propiciar situaciones fértiles entre los personajes (por ejemplo, un baño en el río), evitando una intervención excesiva. “Innisfree, por ejemplo, es una película demasiado montada”, reconocía, con el espíritu crítico que le caracteriza, más de tres décadas después de su estreno. En su práctica actual, aspira a que los propios protagonistas, de manera más o menos consciente, se conviertan en dialoguistas e incluso en guionistas del filme, mientras él se limita a acompañar, sugerir y alentar, con discreción, encuentros y temas de conversación.
El encuentro también abrió un espacio de reflexión sobre el dispositivo fílmico sobre el que se erigieron obras fundamentales como Tren de sombras (1997) o En construcción (2001). Para Guerín, la cámara no debe entenderse necesariamente como un artefacto intrusivo o intimidante, sino como un posible catalizador: “La presencia de la cámara hace que, en muchas ocasiones, alguien se anime a decir algo que quizá, de otro modo, no diría”.

En esta línea, defendió a ultranza el rodaje con una sola cámara, una elección que deposita toda la atención en la precisión de un único encuadre y en la decisión consciente de dónde y cómo mirar. En su cine, es siempre la naturaleza de la película la que sugiere sus propias reglas formales y estéticas, y no al contrario. “Deberíamos hacer una distinción importante entre lo bonito y lo bello. En el cine, creo yo, no debería haber espacio para lo bonito, lo decorativo”. Lo bello, en cambio, se destila de haber conseguido inmortalizar instantes plenos de vida, de sensualidad, de hermosura: la joie de vivre que llaman los franceses.
Tomando como ejemplo La academia de las musas (2015), Guerín explicó cómo ciertas decisiones estéticas nacían tanto de inquietudes éticas como de limitaciones materiales. La elección de filmar los rostros a través de cristales respondía, por un lado, al deseo de preservar la intimidad de las actrices no profesionales en sus conversaciones; por otro, la falta de presupuesto (en un proyecto que inicialmente nadie concebía como una futura película) lo condujo a optar por planos cerrados que evitaban mostrar espacios carentes de dirección artística. De este modo, la limitación se convierte en un recurso expresivo.

Como cierre, el cineasta animó a los y las estudiantes a revertir una tendencia que le preocupa: el progresivo distanciamiento de las salas de cine entre las nuevas generaciones. “En mi época no había escuelas de cine ni facultades de comunicación audiovisual, pero veíamos muchísimas películas. Ahora es al revés”, lamentaba. Y concluía con una reflexión tan sencilla como contundente: “Es lógico querer ser escritor porque se admiran los libros que se leen. No entiendo por qué se querría hacer cine sin haber visto películas”.