El pasado viernes 29 de mayo la Escuela tuvo el placer de volver a recibir a Rodrigo Sorogoyen, guionista y director madrileño conocido por títulos como As bestas, Que Dios nos perdone o El reino. El cineasta acudía al encuentro con el alumnado de Dirección Cinematográfica tras haber competido en la Sección Oficial del Festival de Cannes con su nuevo largometraje El ser querido, coprotagonizado por Javier Bardem y Victoria Luengo.
LA AVENTURA FRANCESA: LA PRIMERA VEZ EN LA SECCIÓN COMPETITIVA DE CANNES
Su peripecia francesa fue, precisamente, el tema introductorio del diálogo. En Francia El ser querido se estrenó el pasado 16 de mayo, gracias a lo cual el director pudo compartir sus impresiones acerca de la recepción de la prensa francesa y de su estancia en Cannes, tanto desde la perspectiva de un espectador corriente como desde la del cineasta aspirante a la Palma de Oro. Gran parte de la filmografía de Sorogoyen está vinculada a Francia, ya que varias películas y capítulos de sus series se han coproducido con el país vecino. “Siempre han sido coproducciones orgánicas”, explicaba el cineasta, “no las hacemos para que las películas se vean en el extranjero, sino porque hay algún motivo en el guion que lo requiere”. Hacía referencia, por ejemplo, al capítulo rodado en Lyon de Los años nuevos o la participación de los actores Dénis Menochet y Marina Foïs en As bestas.
PRODUCIR, ESCRIBIR Y DIRIGIR EN COMPAÑÍA
Al ser interrogado acerca de su nivel de intervención en la producción de sus propias películas, Sorogoyen recalcaba la confianza ciega en sus socios de Caballo Films. A pesar de delegar el grueso del trabajo de producción en sus compañeros, el director sigue preocupándose de implicarse en primera persona en las decisiones clave que condicionan la factura visual de sus obras. Para Los años nuevos, colaboró por primera vez con dos guionistas, Sara Cano y Paula Fabra, que se sumaron al proyecto tras superar unas pruebas. Para mantener un tono homogéneo entre capítulos y que la escritura colaborativa a seis manos se unificase, el cineasta apostó por el diálogo constante con sus compañeras y la presencia activa en el proyecto (tanto en la escritura como durante el rodaje) como recursos fundamentales. “Y, por encima de todo, encontrar a los colaboradores adecuados, claro”, apuntaba.
UN PROYECTO EN EL CAJÓN SOBRE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
En referencia a la elección del formato adecuado para cada historia (largometraje o serie de televisión), el director se guía por su intuición a la hora de considerar la naturaleza de la idea y la extensión adecuada para contarla, pero también en otros factores logísticos como las posibilidades de producción y el calendario. “Navego constantemente con varios proyectos a la vez”, explicaba. “Hay guiones que se van imponiendo unos a otros”. De hecho, Sorogoyen afirmó estar “enamorado” de un largometraje que terminó de escribir hace años: un thriller ambientado en los años 70 durante el exilio español en México.
No obstante, el realizador admite sin ambages su voluntad (y la de su compañera habitual en la escritura, la guionista Isabel Peña) de alejarse del thriller. De este deseo nació, precisamente, un drama psicológico como El ser querido. “Queremos irnos”, decía entre risas sobre el encasillamiento en ese género particular, “y poco a poco lo vamos consiguiendo”. En contra de lo que pueda parecer a juzgar por sus brillantes primeras películas, ni Peña ni él se consideran grandes aficionados de la mezcla adrenalínica de intriga y la acción, o no tanto como para limitarse a escribir historias de ese tipo.
Hablando de proyectos futuros y otros guardados temporalmente en el cajón, Sorogoyen compartió con el público la anécdota detrás de uno de los segundos que fue rechazado por una popular plataforma de streaming. El motivo de la censura fue el argumento de la trama: se trataba de un fresco simbólico que, a través de varios episodios, ofrecería un panorama polifónico sobre la Guerra Civil Española. “Esto incomodaría, claramente, a alguien o alguienes poderosos”, señalaba el director. Sin embargo, prometió que seguiría luchando para levantarlo, aunque a partir de ahora como largometraje, renunciando a la estructura de seis capítulos correspondientes a varios puntos de vista que había planteado en un inicio. En este sentido, hizo una defensa del largometraje como formato que perdura más en la memoria, en parte gracias a la experiencia de verlo en salas. “La propia experiencia de visionado se vuelve memorable”, argumentaba. “Tengo la sensación de que hay demasiadas series en este momento, tantas que ninguna permanece. Si me arriesgo con esta propuesta, al menos aspiro a que perdure, que merezca la pena”.
LA INTENSIDAD EMOCIONAL SIN CORTES
El plano secuencia fue otro de los ejes principales de la conversación. No es de extrañar, tratándose de uno de los recursos expresivos más empleados por Sorogoyen para llevar a la audiencia a un clímax emocional de enorme intensidad. Son ya icónicos en la historia de nuestro cine los planos secuencia de los episodios finales de Antidisturbios y Los años nuevos, en los que intervienen a partes iguales la virguería técnica, la emoción vehiculada a través de la interpretación y la construcción de una tensión en constante aumento por parte del guion.
En concreto, el plano de Antidisturbios era el último que rodarían Patrick Criado y Hovik Keuchkerian, con lo cual el ambiente en el set era ya de por sí intenso emocionalmente y el equipo estaba “muy engrasado” tras todo el trabajo realizado los meses anteriores. Durante dos días de rodaje no pulsaron el botón de REC: se limitaron a ensayar la complejísima coreografía, a pulir detalles, a afinar matices. En los siguientes días se rodaron unas 19 tomas en total, y la que se acabó quedando como buena fue la única que captó un pequeño imprevisto: Raúl Arévalo golpeó inintencionalmente a Álex García en la nariz, pero ambos lo incorporaron rápidamente a la escena y el resultado complació al equipo incluso más que la propuesta inicial. “El machirulismo escala desde el buen rollo del brindis inicial, en el que hay un ambiente casi familiar, hasta un estallido de violencia, gritos e insultos”, comentaba el director. “Entran en una dinámica de camaradería que a los hombres les atrae, les gusta”, añadía con un cierto espíritu crítico.
Por lo que respecta al último capítulo de Los años nuevos, Sorogoyen explicó cómo se incorporaron características de la propia habitación de hotel donde rodaban como recursos expresivos. Por ejemplo: en principio todos los espejos debían taparse para evitar que se vieran reflejos indeseados, pero acabaron dejándose al descubierto por las posibilidades visuales que ofrecían, a pesar de la dificultad añadida que podía suponer esta decisión. Todo el equipo tuvo que hacer pequeños sacrificios al servicio del reto que se proponían, claro está: el propio Francesco Carril se duchó estoicamente con agua fría para evitar que el vaho empañase la lente de la cámara. Una decisión de puesta en escena arriesgada a nivel de producción pero tremendamente pertinente para poner el broche de oro a la narrativa de Los años nuevos. “La serie habla del propio tiempo, por lo que para nosotros tenía mucho sentido acompañar a los personajes por última vez en tiempo real, en los últimos 45 minutos”. La ausencia de cortes permitía la máxima complicidad del espectador.
UN NATURALISMO CUIDADOSAMENTE ESTUDIADO
Tanto en estas escenas como en otras de planificación más sencilla, para Sorogoyen prima siempre la naturalidad por encima de todo. En sus propias palabras, Peña y él se proponen reproducir en pantalla mundos que ya existen y a los que ellos no pertenecen, tarea para la que consideran estar dotados de buen oído y buen ojo. Por esta razón, es esencial que cada acción y movimiento tengan una motivación y no les sean impuestos a los actores y actrices por motivos arbitrarios. Ni siquiera un encuadre estético es razón suficiente para condicionar la naturalidad y la organicidad de la coreografía. Por otro lado, el cineasta se cuida mucho de trabajar con intérpretes que abracen el estilo realista en su interpretación y que posean una energía similar a la de sus personajes. Con Iria del Río (Ana en Los años nuevos) tenía el gusanillo de trabajar desde Antidisturbios, en la que le conquistó por su versatilidad y capacidad de adaptación.
RECONCILIAR CRÍTICA Y PÚBLICO
Por último, durante el turno de preguntas los alumnos y alumnas tuvieron la oportunidad de compartir sus inquietudes con el cineasta. Entre ellas, surgió la dicotomía entre el cine de autor o mainstream y la necesidad impuesta de identificarse en una de las dos aproximaciones. Sorogoyen defendió que era un error siquiera plantearse esta distinción: “Hay que contar las historias que te interesen, sin pensar en si el tema es de actualidad o si tendrá éxito entre la crítica”. Estocolmo, por ejemplo, fue un proyecto que entusiasmó a su autor y que resultó ser, para fortuna del equipo, barato, asequible y fácil de realizar.
En cuanto a su novedosa colaboración con la figura paradigmática de Javier Bardem, Sorogoyen admitió haber pasado muchos nervios junto con Isabel Peña al comienzo de las conversaciones con el actor. Sin embargo, Bardem demostró ser una persona cercana y respetuosa hacia el guion, capaz de comunicar sus propuestas siempre desde la consideración. “Ha sido toda una experiencia trabajar con él”, concluía, sonriente, Rodrigo Sorogoyen.